Paraísos artificiales de Yulene Olaizola, en la Competencia por el Ingmar Bergman International Debut Award | Göteborg International Film Festival | enero 27-febrero 6, 2012
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Paraísos artificiales de Yulene Olaizola, en la Competencia por el Ingmar Bergman International Debut Award | Göteborg International Film Festival | enero 27-febrero 6, 2012
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Peter Tscherkassky (1958) es un cineasta avant-garde que trabaja exclusivamente con found footage. Todo su trabajo fílmico lo realiza en el cuarto oscuro sin apoyarse en nuevas tecnologías.
Happy-End es un found footage film acerca de los ritos y fiestas de un matrimonio de Viena en las décadas de 1960 y 70.
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Exhibición de la fotógrafa Michal Chelbin en la Andrea Meislin Gallery en Nueva York hasta el 6 de noviembre.
Este proyecto comienza en Israel y luego la lleva a Rusia y Ucrania.
Más información de Michal Chelbin acá.
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A Partir del 15 de octubre la ópera prima de Oscar Ruíz Navia en D.F.
El vuelco del cangrejo se desarrolla en La Barra, un alejado pueblo del pacífico colombiano, allí Cerebro, líder de los nativos afrodescendientes, enfrenta fuertes contradicciones con el Paisa, poderoso terrateniente que planea la construcción de un hotel en la playa. Daniel, un citadino extraño y silencioso, llega una tarde cualquiera y permanece varios días en el sitio a la espera de una lancha clandestina que pueda sacarlo del país. Una niña y dos adolescentes, necesitados de dinero, son los únicos que intentan ayudarlo, pero conseguir una embarcación tomará más tiempo de lo planeado.
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Lionel, hombre de pocas palabras, vive en un modesto departamento con su hija Joséphine. Llevan una existencia razonablemente feliz, basada en la confianza y el mutuo afecto. Sin embargo, con el paso del tiempo llegan señales de cambio para ambos. Ubicada en un París donde casi todos los personajes son franceses pero pocos son blancos, en esta película Claire Denis se muestra fiel a sus obsesiones para analizar la gran distancia que existe entre los tumultuosos movimientos internacionales y la vida diaria de las personas.
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“Un collage elaborado a partir de imágenes prohibidas, clandestinas y secretas de la guerra en Irak: las que ruedan los soldados y las que ruedan los terroristas. Atentados, sofisticados musicales en las bases aliadas, la preparación de una bomba e incluso discusiones en off sobre la mejor manera de filmar un atentado. Dejando de lado cualquier tentación snuff, Andrizzi mejora a Brian de Palma (Redacted) y demuestra que, nos guste o no, los espectadores somos ya parte del juego.” Gonzalo de Pedro, Cahiers du cinema
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Guatemala | 2008 | 35mm | color | español | ficción | 73’
Tres adolescentes, Gerardo, Nano y Raymundo, se dedican a robar gasolina para salir en las noches a dar vueltas sin rumbo en un auto. Una historia que pone a prueba la amistad, y nos plantea que ésta suele ser una frontera delgada entre la traición, decepción y una solidaridad de rasgos kamikazes cuando se es adolescente. También es una historia intimista en la que los extremos y la polarización expone que los pequeños momentos de sinceridad y de agobio son los que definen a una juventud, retratan a un país y nos visualizan su futuro.
PREMIOS Y FESTIVALES
Locarno Film festival 2008 | Göteborg International Film Festival 2008 | Febio Film Festival 2009 | San Francisco International Film Festival 2009 | BAFICI 2009 | Istanbul Film Festival 2009 | Vienna International Film Festival 2009
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La comedia juvenil esquizoparanoide
Argentina, 2009. Dir. Matías Piñeiro, Con: Romina Paula, María Villar, Esteban Lamothe

En Todos mienten, segundo inclasificable filme independiente del excinestudiante de 27 años Matías Piñeiro (debut arrollador: El hombre robado, 2007), con guión suyo abierto a toda improvisación creativa, la bella veinteañera porteña Helena tataranieta del literato-político decimonónico eterno opositor antidictatorial Domingo Sarmiento (Romina Paula) reúne en su desierta finca familiar fuera del mundo por el fin de semana-escapada a un círculo de jóvenes de su edad, que incluye a la cantautora con guitarra Mónica (María Villar), la pintora reclamadora de plagios a sus obras Isabel (Julia Martínez Rubio), más otra chica medio apagada medio anodina de nombre Emilia (Pilar Gamboa) y tres desencantados galancillos zánganos más bien usables/desechables/intercambiables Camilo (Julián Tello), Chas (Julián Larquier Tellerini) y el favorito de la abeja reina Iván (Esteban Bigliardi), para discutir animadamente de arte y literatura y demás ociosidades, bromear, redactar una supuesta novela, idear vagamente un robo, juguetear con fuego sin quemarse, enamorarse o creer enamorarse o fingir enamorarse como parte de una farsa-contubernio amatorio montada por las muchachas, vigilarse entre ellos y decepcionarse aún más, pero al arribar el anhelado pintor pedantazo de gran éxito Joaquín tataranieto del eterno dictador decimonónico Martín de Rosas (Esteban Lamothe) sobrevendrá la tragedia como inmostrable final sorpresivo. La comedia juvenil esquizoparanoide se divide en breves capítulos cual cuadros vivientes con nombres neutros para poder desplegar con cómoda sutileza sintética, ejemplar y elíptica, numerosos episodios sin continuidad dramática alguna, feroces invectivas verbales entre amigos, inevitables referencias cultistas que se adscriben entre la verborrea magnífica de Rohmer y el uterino furor improvisatorio de Rivette (cuya temprana teoría del complot intangible-pero-que-todo-lo-impregna también pasa lista), no-personajes/figuras que siempre ocultan más de lo que revelan, el barroquismo imaginario de una lucha de sexos sin triunfadores posibles, el hermetismo de una mansamente desatada fábula multialegórica expuesta a saltos, la luz radiante sobre espacios enclaustrados o sobre aperturas edénicas y pirotecnias nocturnas, la estructura anticonvencional que sólo suma (y/o resta) situaciones espontáneamente arbitrarias, transiciones súbitas de la arcaica nonchalance galante a la gravedad, la agudeza instantánea (que se prolonga durante los 75 minutos que dura la cinta) y una contemplativa omniestilización fotográfica. La comedia juvenil esquizoparanoide admite, o en rigor exige, una multiplicidad de lecturas a muy distintos niveles discursivos: una reflexión literaria (sobre la mentira que preside cualquier texto creativo y toda fama escritural, desmitificando de paso los flagrantes embustes absurdos del prócer Sarmiento), una sátira a las artes plásticas (regidas por la caprichosa proliferación de los soportes y la disolución de las formas), un acertijo de amores líquidos imposibles, un humorístico-cómplice complot simulador y ante todo una metáfora política, en torno a la perpetua rivalidad de los ancestrales enemigos acérrimos Sarmiento vs. Rosas (léase oposición contra dictadura) que atraviesa por toda la Historia Argentina para extiende hasta nuestros días (a través de los cuestionamientos progresistas a la polémica presidenta Cristina Kirchner). Y la comedia juvenil esquizoparanoide se solaza en su juego endemoniadamente impuro e inabarcable, el desmayo femenino a media estancia-stanza, la conformación de una extraña pirámide pictórica-humana trepando sobre las ramas del árbol ¿genealógico? familiar, el fatal cumplimiento de una maldición ancestral (cada 8 años nace una niña de la estirpe Sarmiento y los varones de la estirpe Rosas zozobran cada que un bebé les nace), la necesidad de interrumpir la fluida herencia vengadora y la ruptura histórica-augurio que anuncia a un tiempo la gloria apabullante y el desastre.
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Parque Vía es el primer largometraje del español Enrique Rivero, avecindado en México la mitad de su vida, ingeniero industrial egresado de la Universidad Anáhuac, cineasta por sorpresiva elección y asistente de realización a los 29 años de su compatriota Pedro Aguilera (La influencia, 2005). El relato minimalista que hace de la vida diaria de Beto (Nolberto Coria) se emparenta no sólo con la apuesta formal de Aguilera, sino también con la de los mexicanos Carlos Reygadas (Batalla en el cielo), Amat Escalante (Sangre) y, sobre todo, Rubén Ímaz (Familia Tortuga). Hay también ecos del documental de Yulene Olaizola (Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo). Hay una apuesta similar por recurrir a actores no profesionales, allegados a la familia del cineasta o inclusive parientes directos, y una construcción dramática con narrativa lineal, planos secuencia y espacios vacíos, de progresión monótona y tono seco, que paulatinamente desemboca en una situación de crisis doméstica o en un acto irracional, próximo a la nota roja.
En Parque Vía abundan las notas humorísticas, con personajes secundarios tan notables como la puntual y desenfadada Lupe (Nancy Orozco), amiga, cómplice y visitadora sexual de Beto. Pero es el propio Nolberto Coria quien muestra el desempeño más redondo como hombre taciturno e impenetrable, habitado por sentimientos contradictorios. Sin proponérselo tal vez, Enrique Rivero ofrece en este retrato de desolación humana uno de los mejores barómetros del clima social que prevalece en el país que filma. En su película concentra la incertidumbre de voluntades y destinos sin metas ni asideros sólidos, sumidos en el desánimo, al borde de un estallido impredecible. Beto errando en una casa deshabitada, con los restos de un lujo inútil, pegado a la televisión donde contempla en silencio los reportes de la violencia cotidiana, es una imagen perturbadora, matizada únicamente por la ternura e inocencia elemental que el cineasta consigue capturar en muchos de sus gestos. Una película estupenda.
Carlos Bonfil/ La Jornada
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